Conocer gente me produce ansiedad y no hay nada malo en ello

02-noviembre-2019


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Me sudan las manos y los pies en presencia de casi todas las personas del mundo. Dependiendo del nivel de estrés que me provoque quien se me ponga enfrente, la humedad puede ir desde una fina película hasta un chorreo tipo hacer un charco en el suelo cuando llevo chanclas. Lo mío no es una fobia social pero puedo decir con la boca muy grande que vivo tranquilísima con la simple presencia de mis cinco o seis personas de confianza. Para relacionarme con el mundo exterior prefiero que sea con calma, alcohol en cantidades razonables y evitando grandes grupos. Esto lo sé ahora.

En el pasado me he obligado a vivir en un constante festín de personas y a verme a mí misma como una gran amante del palique y el mamarracheo, aun cuando para ello tenía que consumir ingentes cantidades de sustancias que me hicieran perder el miedo. Siempre supe que el miedo a la gente, la timidez o la fobia social o el agobio en las aglomeraciones no resultan atractivas aquí donde vivimos.

Se da por hecho que para todo ser humano sobre la Tierra lo natural es comportarse de forma hipersociable. Se da por hecho que si no eres capaz de volar de grupo en grupo dándole a cada uno los chascarrillos y la alegría que necesita eres un poco rarito. Entonces, después de colgarte la etiqueta, te dicen que quizá deberías hablar con un psicólogo, un coach, que te mediques o que te apuntes a un curso de hablar en público; lo que sea para arreglar ese destrozo que supone para el mundo que tú no seas sociable. Porque eso sí está claro: el problema lo tienes tú.

Lo cierto es que el mundo no es un lugar nada cómodo para las personas que no entramos en la norma de la hipersociabilidad, y somos muchas más de las que piensas. Asumir que hay algo normal en cuanto a habilidades sociales es más falso que los duros sevillanos y además supone una exigencia que no tiene en cuenta las características personales e históricas de gran parte de los mortales. Son precisamente estas características las que definen nuestra forma de estar con los demás.

Para Ara, andaluza, autista con comorbilidades, la cosa social se plantea así: “Estar con gente me genera inquietud porque se espera de mí una espontaneidad y naturalidad que en realidad no tengo, sino que forman parte de un ritmo de conversación que está en la neuronorma. Las conversaciones que la gente alista [no-autista] considera cómodas deben tener un ritmo y formato específicos y eso me estresa porque yo quiero hablar como yo hablo, no como hay que hablar para caer bien. Me sucede solo en grupo, porque de tú a tú sí que he conseguido aprender un ritmo, dar espacio de conversación frecuentemente, etc. Siendo autista, me cuesta procesar más de un cruce de interacciones a la vez, y la sola idea de tener que bregar con ello me da ansiedad, pánico, pereza y asco, a partes iguales”.

No todos tenemos los mismos ritmos o aptitudes, no todos tenemos las mismas inquietudes ni las mismas motivaciones. Dar por hecho que hay un camino que seguir para todos nos suele hacer sentir rotos o insuficientes a los que no queremos o podemos comportarnos así.

Además, la historia personal de cada uno es otro de los factores que marcan la pauta de cómo nos socializamos. Esto se ve claramente en la historia de Lena*: “Tengo miedo a la gente desde los 6 o 7 años, probablemente cuando empezó el bullying en el colegio. De un día a otro pasé a ser persona non grata. Tengo memorias muy borrosas de aquella época, pero lo que se me ha quedado es la sensación de insuficiencia y de amenaza, de ‘ellos contra mí’. Sentía que algo estaba profundamente mal conmigo. Y aunque por momentos conseguía generar amistades, estas eran muy inestables. A medida que fui creciendo, esta sensación de desconexión de los demás se fue acentuando. Pero no solo en el colegio, sino también en casa con mi familia. No percibía mi hogar como un lugar seguro. La sensación de no pertenecer y de nunca ser suficiente también la vivía en casa, lo que también tiene que ver con el trastorno de personalidad narcisista de mi padre. Esto me ha generado problemas de autoestima y la sensación de una amenaza latente a la hora de relacionarme. Por eso, aunque añore relaciones seguras y cercanas, es algo que me cuesta bastante conseguir”.

Algo fundamental a tener en cuenta es que el hecho de que la gente te incomode no quiere decir que no te sientas solo. Para nuestros ancestros una de las amenazas más chungas con la que podían encontrarse era la soledad. Estar fuera del grupo suponía no tener cubiertas necesidades básicas como seguridad, alimento o cobijo. Para evitarlo nuestro cuerpo generó una herramienta a la que llaman dolor social. El dolor social, que sería algo así como el sentimiento de soledad y que activa las mismas áreas cerebrales que el dolor físico, es eso que te anima a buscar el calor del grupo, la alarma que te dice: “Cari, sal a la calle y júntate con alguien que te quiera y te haga mimitos. Aquí, solo en casa, te está comiendo la mierda”.

Pero cuando en casa no te has sentido seguro, arropado o valorado, o cuando en la calle lo que has encontrado han sido amenazas en lugar de mimitos, la cosa se complica. Nuestras experiencias de socialización violentas hacen que nuestro entorno comience a parecernos amenazante, incluso los estímulos neutros hacen saltar nuestras alarmas, por si acaso.

Además, la sensación de aislamiento que provoca el no encontrar un grupo de personas con el que relacionarnos de forma segura hace que nos sintamos demasiado indefensos ante los eventos de la vida y nos pone hipervigilantes; piensa que si no tienes a nadie que te proteja vas a tener que estar muy al loro de todo lo que ocurra para no salir mal parado.

Para Lena la cosa evolucionó así: “En mi adolescencia empezó mi época de encierro. Aunque hasta entonces sí que había podido generar algunas amistades y el bullying había disminuido, empecé a distanciarme y a aislarme tras una época depresiva y de trastornos alimentarios. Me sentía totalmente desprotegida en situaciones sociales. Sentía la mirada reprobadora de los demás sobre mi cuerpo y mi persona en general. Así que del instituto iba directa a mi casa y, ahí, pasaba mucho tiempo encerrada en mi habitación. Evitaba los eventos sociales a toda costa; la idea de una fiesta me aterrorizaba. Así que mientras mis amigos y compañeros de instituto empezaban a salir y hacer cosas de adolescentes como ir de fiesta, hacer amigos, tener las primeras experiencias sexuales, yo me mantuve encerrada en casa”.

Como decía antes, a todos nos cuesta mucho asumir que no hay una forma normal de relacionarnos y que cada uno aquí se gestiona como puede y quiere, por eso es muy habitual que nuestros allegados y colegas intenten animarnos a superar nuestro problema. Virginia cuenta cómo algunos de sus amigos intentaban ayudarla a enfrentarse a su miedo a los grandes grupos: “Cuando estoy en grupo me cuesta hablar, no me puedo focalizar. No tengo problema en el tú a tú, me flipa hablar con gente. Es una cuestión grupal. Hubo un punto de mi vida en el que me empecé a dar cuenta de que en grupo me convertía en una estatua. Una situación que me he encontrado ha sido que gente que no me entendía, con toda su buena intención, me sacaban a rastras del sofá y me vestían para salir. Eso me generaba más presión y me hacía entrar en pánico. Obligarme a presentarme delante de la gente me cerró muchísimo más”.

Por su parte Ara comenta: “La gente que se ha involucrado para ‘ayudarme a superarlo’ no se daba cuenta de que me estaba presionando en una dirección que no era cómoda para nadie. Presentarme a gente forzosamente nunca ha dado buen resultado. La presión por relacionarme, sobre todo por parte de mi familia, ha afectado de manera negativa e irreversible sobre mi paranoia, y aquí no uso paranoia a la ligera: Si ya como autista me cuesta leer las intenciones, el remate fue la hipervigilancia que desarrollé a partir de aquí, pensando siempre que molestaba, que era una pesada, que a nadie le interesaba mi conversación y que huían de mí. La gente que me apoyaba de verdad era la que no pretendía que mi forma de relacionarme con los demás cambiara”.

Pero el problema, si es que es un problema, lo vamos a solucionar, si es que hay que solucionarlo, a nuestro ritmo. El verdadero problema es que no estamos utilizando esa maravillosa capacidad nuestra de analizar nuestro entorno para hacernos sentir seguros los unos a los otros; que no tengamos ganas de utilizar nuestra agudeza para reunir pruebas sobre qué es lo que puede sentarle bien al que tengo al lado en lugar de obligarle a que se relacione “como Dios manda”.

Cuando le pregunto a Ara qué cree que hace falta que hagamos como sociedad para que todos nos sintamos más cómodos a la hora de relacionarnos me responde claramente: “Preguntar cuando se pueda, observar cuando se pueda. La mejor forma de no dar cosas por hecho es observar y reunir información, como con todo”. La respuesta es tan sencilla y tan obvia que siento vergüenza por no haberla pensado así de clara yo solita. Una cosa me queda clarísima: tenemos que dejar de intentar que nuestros hijos, amigos, hermanos, alumnos o pacientes entren en la norma; necesitamos abandonar la idea de normalidad también en lo que a relacionarnos se refiere. Hace no tantos años, en España se obligaba a muchos niños zurdos a escribir con la derecha. Este es el plan.



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